En Israel la disidencia ha estado fuera del alcance de los ciudadanos árabes

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Edo Konrad/Resumen Medio Oriente/972mag, 26 de noviembre de 2015 – Los ciudadanos palestinos de Israel nunca han tenido una vida fácil para organizarse políticamente. La decisión del Gobierno de prohibir la rama norte del Movimiento Islámico es sólo el último -y tal vez más importante- ejemplo de los obstáculos que los ciudadanos árabes deben afrontar en su lucha por la igualdad.

El Estado ha presionado por la prohibición durante años, acusando a la organización de mantener vínculos con grupos como Hamás y la Hermandad Musulmana. La reciente violencia alrededor de Al-Aqsa, sin embargo, dio al Gobierno de Israel la luz verde que necesitaba, dando a entender después que el movimiento citado jugó un papel al incitar a los palestinos en la actual ronda de violencia.

En vista de ello, la decisión de prohibir la rama norte del Movimiento Islámico, así como otras 17 organizaciones benéficas sin fines de lucro afiliadas en ciudades como Nazaret y Jaffa, parece una caída sin precedentes en las relaciones entre el Estado y sus ciudadanos árabes. Pero una mirada más cercana revela que el Estado está en guerra con las organizaciones políticas árabes mucho antes de la introducción de la llamada “legislación antidemocrática”, incluso antes de que millones de palestinos en Cisjordania y en la Franja de Gaza fueran colocados bajo el dominio militar en 1967.

A raíz de la guerra de 1948 decenas de miles de ciudadanos árabes del naciente Estado judío fueron colocados bajo el régimen de un gobierno militar. Hasta 1966, cuando el Gobierno finalmente levantó el régimen militar (sólo nueve meses antes del comienzo de la ocupación), Galilea, el Neguev y el Triángulo estaban sujetos a un régimen estricto de permisos, de toques de queda rigurosos y coaccionados para colaborar con el Shin Bet. Con la población árabe bajo la bota de los gobernadores militares y los servicios de seguridad del Estado, el Gobierno pudo expropiar velozmente tierras de propiedad árabe, un proceso que continuó incluso después del fin del régimen militar.

El nombre del juego era control: el establecimiento de Israel considera a los árabes que permanecieron en el Estado -los que no huyeron ni fueron expulsados ​​durante la guerra- una “quinta columna” que en cualquier momento podría rebelarse contra sus nuevos amos. Por lo tanto, las restricciones a la vida de los palestinos dentro de Israel afectaron no sólo la libertad de circulación y al comercio, sino también la libertad de organización política y del pensamiento.

En 1959 un grupo de nacionalistas y comunistas se unieron para formar el Frente Popular, una organización de corta duración que planteaba un desafío directo al Partido Comunista de Israel (Maki), que si bien fue perseguido por el oficialismo, fue uno de los espacios de referencia exclusivos para las quejas de los palestinos bajo el régimen militar. El Frente Popular no duró mucho tiempo, con las luchas internas entre comunistas y nacionalistas que junto con el acoso externo condujeron a su disolución. De las cenizas del grupo surgió al-Ard (“La Tierra”), el primer grupo árabe que podría en realidad ser una amenaza creíble para el régimen israelí, que por su parte trabajó rápidamente para sofocar el movimiento naciente.

Al-Ard es anterior a la formación de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) en casi cinco años,y fue el primer movimiento impulsor del movimiento nacional independiente para los palestinos en Israel, de conectar la lucha y las demandas de los palestinos en Israel con las demandas palestinas en general.

Tomando un tono panárabe estridente cada vez más popular entre los árabes de Israel, y más ampliamente en el mundo árabe, desafió tanto al Estado judío como al Partido Comunista, que como partido judío-árabe conjunto estaba ocupado en circunnavegar cuestiones como la identidad nacional. Según el historiador israelí Ilan Pappe, las primeras demandas de Al-Ard serían luego adoptadas por los partidos políticos palestinos de Israel, como la convocatoria a un Estado laico, democrático y el derecho al retorno de los refugiados.

Según Fouzi El-Asmar, uno de los fundadores del grupo, el movimiento estaba bajo vigilancia constante, sus publicaciones fueron prohibidas y sus miembros encarcelados o expulsados de sus ciudades a las tierras del interior del Neguev. Los servicios de seguridad argumentaron que los objetivos del movimiento amenazaban la existencia del Estado de Israel y su integridad territorial, por lo cual tomaron una serie de medidas para limitar la actividad política del movimiento. Estas incluían el cierre de las distintas secciones de su diario y el rechazo a registrar el movimiento como una corporación económica. El ministro de Defensa de Israel prohibió oficialmente al-Ard en 1964 y la Corte Suprema descalificó la lista de los candidatos del movimiento que se iban a presentar en las elecciones generales de 1965.

Al-Ard duró apenas seis años. Sin embargo, allanó el camino a las cuestiones de los palestinos dentro de la política en Israel. Grupos como Abnaa al-Balad, que llama a un boicot total de las elecciones israelíes, así como los partidos políticos establecidos como Balad, siguen enfrentándose a la persecución de las autoridades israelíes.

En estos días el islamismo se ha convertido en la corriente política dominante en el mundo árabe y con los años se ha vuelto popular entre los ciudadanos palestinos de Israel. Los ataques mortales de ISIS en París sólo lograron reforzar el deseo del Gobierno israelí de deslegitimar al Movimiento Islámico, un deseo que no es en absoluto nuevo. “Israel debe actuar como un ejemplo y encabezar la lucha contra el islam radical, cuyos emisarios vimos masacrando gente inocente en París”, dijo el ministro de Seguridad Pública, Gilad Erdan, el martes pasado, en un intento de vincular la sed de sangre del Estado Islámico con el islam político en general y el Movimiento Islámico específicamente.

Israel puede ver actualmente el islam político como la gran nueva “amenaza”, pero la historia de Al-Ard, una organización secular, es un testimonio del hecho de que las ideologías de oposición no son más que una excusa para que el Estado haga las mismas cosas que ha hecho siempre. La conclusión es que siempre encontrará una razón que sirva para suprimir la organización política palestina y que al Estado en realidad no le importa si los palestinos apoyan a Nasser, a Marx o a la Hermandad Musulmana.

Traducido del inglés por J. M.

 

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