Afganistán: El reverdecer talibán

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Guadi Calvo*/Resumen Medio Oriente, 5 de octubre de 2015 – En mucho más que una pesadilla recurrente se ha convertido el Talibán para el presidente Barak Obama. Según los planes de la actual administración de la Casa Blanca, a esta altura de su mandato, Afganistán tendría que ser una cuestión resuelta, sellada y archivada, aunque cualquier plan tiene imponderables y la cuestión afgana viene sufriéndolos desde hace 14 años.

Desde 2002, Estados Unidos ha gastado más de 100.000 millones de dólares en la reconstrucción de Afganistán, los que incluye la instrucción y equipamiento de un ejército de 350 mil efectivos. La “reconstrucción” de Afganistán es el proyecto más costoso que han realizado los Estados Unidos en su historia. Aunque prácticamente nada de lo hecho por la Agencia estadounidense para el Desarrollo Internacional, el Departamento de Estado y el Departamento de Defensa, ha perdurado.

John Sopko, inspector general especial para la reconstrucción de Afganistán declara: “Hemos construido escuelas que se han derrumbado, clínicas donde no hay médicos; carreteras que se deshacen a pedazos. Gastamos demasiado dinero, demasiado rápido y con poca supervisión”.

Kunduz Taliban

Según parece, la culpa de todo la tienen la corrupción y el caos político afgano. Ningún funcionario norteamericano se sintió aludido, aunque algunos tendrían que dar cuenta de sus actividades comerciales non sanctas en el país asiático. Por ejemplo, alcanza con señalar la compra por parte de Kabul de aviones de transporte militar G.222 por más de 700 millones de dólares, que finalmente se convirtieron en chatarra y fueron liquidados a menos de 50.000 dólares.

En estos 14 años de ocupación, Estados Unidos jamás se ha planteado un plan estratégico de desarrollo. La estructura democrática que quisieron imponer contra la naturaleza y la tradición del pueblo afgano ha fracasado. Afganistán, con una conformación milenariamente tribal, y donde el componente étnico tiene el peso específico de un gran partido político en una democracia occidental, no resuelve adaptarse a las normas del republicanismo liberal, del que tanto se jacta Occidente.

El poder de los antiguos señores de la guerra y sus herederos no ha menguado un ápice. Los antiguos jefes tribales y los señores de la guerra, que casi son los mismos, en todos estos años han actuado según su conveniencia en cada oportunidad y han pactados y roto promesas según sus intereses.

La corrupción endémica, el desorden y la inoperancia administrativa, atravesó y atraviesan tanto los gobiernos del ex presidente Hamid Karzai (2004-2014) como el del actual jefe de gobierno, Ashraf Gahni, quien acaba de cumplir un año en el cargo. Recordemos que el hermano de Karzai, Ahmed Wali, jefe del consejo provincial de Kandahar, fue asesinado en su propia casa en julio de 2011, en un ajuste de cuentas con narcotraficantes.

Kunduz Taliban 2

Quizás sea por estas razones que todavía anida el germen Talibán, y más allá de su poder económico, el fundamentalismo religioso atrae a muchos jóvenes asqueados de la corrupción política.
Los 30 millones de afganos saben que el camino trazado por Washington no los llevará a ningún lado más que a una nueva guerra civil, de la que se están presenciando los primeros escarceos.

La fuerza talibán, que nunca fue del todo vencida, e incluso soportó los años más duros de la invasión norteamericana a partir de 2001, se reagrupa y parece aumentar cada día. El reciente anuncio de la muerte del Mullah Omar y la asunción del Mullah Akthar Mansour, en julio pasado, parece haber revitalizado la fuerza.
Más allá de la serie de atentados que se han producido en los últimos meses, incluso en edificios de la seguridad publica en la ciudad de Kabul y la guerra solapada que viene sosteniendo con el Daesh o Estado Islámico, la reciente toma de la ciudad de Khunduz, a la que estuvieron hostigando todo el verano, muestra la capacidad operativa de los salafistas.

Khunduz, capital del estado del mismo nombre, se encuentra a 250 kilómetros al norte de Kabul, es la quinta ciudad más poblada del país, con unas 300 mil almas y una de las más ricas por su importancia geoestratégica en las rutas comerciales. Conectada por carretera con Kabul, en el sur, y Mazar-e-Sharif, en el oeste, Khunduz es considerada la puerta de entrada hacia las provincias norteñas del país.

Su emplazamiento a menos de 100 kilómetros de la frontera con Tayikistán la convierte en un punto clave para la salida del opio. Afganistán produce el 95% del opio mundial, que es una de las fuentes fundamentales del financiamiento talibán, además del cobro de peaje en las rutas, el robo a comerciantes y a las fuerzas de seguridad, y los “impuestos” a empresas extranjeras que compran su protección. Un nuevo emprendimiento comercial es la exportación de miel junto al mítico clan Haqqani, íntimos colaboradores de los muyahidines desde los tiempos de la guerra contra los soviéticos.

La toma de Khunduz tiene un valor estratégico pero también simbólico, ya que fue por mucho tiempo el bastión talibán, la última ciudad que perdieron frente al avance norteamericano en 2001 y la primera en conquistar después de 14 años.

Más allá de que la puedan sostener o no, la conquista de Khunduz ha sido un extraordinario golpe de efecto al interior de la fuerza, reposiciona definitivamente al Mullah Mansour, da un fuerte golpe a la moral al ejército y predispone a la sociedad a considerarlos una verdadera opción de gobierno para aniquilar la casta corrupta que se instaló de mano de los Estados Unidos.

Khunduz fue tomada el lunes 28 por cerca de unos 500 combatientes que pusieron en fuga a unos 7.000 hombres del ejército afgano, entrenados y armados por los Estados Unidos. Hasta ahora, se han reportado cerca de una veintena de muertos y unos 170 heridos.

La ofensiva salafista contra la ciudad se realizó por sus tres principales entradas: Khanabad, Chardara e Imam Saheb.

La toma ha tomado por sorpresa al Departamento de Estado norteamericano, que estaba llevando a cabo el retiro escalonado de sus últimos 9.800 soldados, algo que pensaba finalizar en diciembre de 2016. Esta nueva embestida no solo obliga a Washington a repensar su salida, sino a volver a intervenir abiertamente.

En el caso de Khunduz, aviones norteamericanos han debido bombardear objetivos señalados por la inteligencia, al tiempo que las tropas del gobierno central intentaban la retoma sin un resultado definido hasta ahora.
Daños colaterales, o no tanto.

Lo que esté pasando en la ciudad en estas horas es difícil de saber ya que la información es parcial y sesgada. Según las fuentes oficiales, la localidad fue retomada, y en la operación habrían muerto cerca de 300 talibanes. Se está haciendo un rastrillaje casa por casa, ya que se cree hay suicidas cargados de explosivos para inmolarse en cualquier momento. Las fuentes oficiales también imputan al talibán decenas de ejecuciones, violaciones, saqueos e incendio de propiedades.

Según los hombres del Mullah Mansour, no solo se sostienen en sus posiciones sino que se han lanzado a tomar poblaciones cercanas como Wardooj y Baharak, en la provincia de Badakhshan.

De lo que hay precisiones es acerca de la toma de la prisión de Khunduz por parte del Talibán, en la que liberaron a unos 600 detenidos, entre ellos unos 130 hombres del talibán; no hay que ser un experto para sospechar que el resto de los presos liberados fueron incorporados a la organización salafista.

La ciudad se encuentra sin electricidad, ni comunicaciones. La población prácticamente está atrincherada en sus casas, intentado protegerse de las rigurosas medidas que ya han vivido con el talibán cuando estuvieron en el poder entre 1996 a 2001.

En las últimas horas, un hospital perteneciente a la organización Médicos Sin Fronteras fue bombardeado por la aviación norteamericana. El ataque provocó 19 muerto y 40 heridos. Tanto las autoridades afganas, como las estadounidenses intentaron excusar el “error”, denunciando que en el hospital se refugiaban miembros del talibán, algo claramente desmentido por las autoridades la ONG.

Como una muestra más de la inestabilidad que nuevamente abate al país, se conoció que fuerzas talibanes habrían sido las responsables de la caída de un C-130 de cuatro motores, norteamericano, utilizado para transporte de personal y cargas pesadas. En la nave viajaban 12 personas, 5 soldados estadounidenses, 5 contratistas y 2 afganos. Según la versión del talibán, el avión fue atacado en el despegue del aeropuerto de Jalalabad, a 125 kilómetros al este de Kabul.

Según los mandos norteamericanos, el avión se estrelló en la medianoche del jueves, desconociéndose las causas del accidente.

Los augurios para Afganistán no son para nada auspiciosos, más allá de la propia insurgencia afgana. Si el plan del presidente ruso Vladimir Putin para Siria, llegara a prosperar, como lo auguran las primeras exitosas 48 horas de ataques a las bandas de Daesh y al-Nusra, uno de los primeros sitios donde buscarían refugio los combatientes salafistas sería en Afganistán. Un perfecto abono para el reverdecer talibán.

*Guadi Calvo es escritor y periodista argentino. Analista Internacional especializado en África, Medio Oriente y Asia Central. En Facebook: https://www.facebook.com/lineainternacionalGC.

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